Transitar. Tiempo. Vivir. Compartir vidas. Mis cicatrices son profundas. Hablan por sí solas. Se hunden en lo más recóndito de mi ser, hasta el punto que ya no recuerdo cuándo fui creado. Ni quién fue mi creador. Los días se sucedieron. Semanas. Meses. Años. Siglos. He visto de todo. Momentos convulsos. Difíciles. Duros. Traumáticos. Rodar cabezas. Locuras transitorias, pero locuras. Franquear una nueva era. El amanecer de un “Hombre Nuevo”. Libertad. Fraternidad. Solidaridad. Sangre, mucha sangre. Imperio. Restauración. República. Ir. Venir. Volver. Y en ese reanudar, cambiar de manos un sinfín de veces. Mi “cuerpo” ha soportado humedades. Calor. Frio. Dilataciones. Contracciones que casi acaban conmigo. Pero el azar, fauno desaforado, decidió ser benévolo. Me ha respetado. Desde un rincón del mundo, allí instalado, me abrazó un nuevo siglo. Primaveras revolucionarias. Avances tecnológicos. Vértigos. Nuevos descensos a los infiernos. Dante gravado a fuego. Otra vez miseria. Horror. Deshumanización. Pérdidas perpetuas. Alcanzar el fin de la tragedia. Períodos de tregua para, como si de un eterno retorno se tratara, volver a las andadas. Renacer. Reanudar. Reconstruir. ¡Nunca más¡ dijeron. No sé si creer. He visto, vivido, y oído tantas veces ese falso arrepentir. Humano, muy humano.
Y a pesar de todo, aquí sigo. Curado. Restaurado. Deseoso. Esperanzado. Al albur de nuevos tiempos. A la espera de que alguien decida volver a reclinarse sobre mis ancianas tablas y redactar, contar, narrar. Cuidar y fijar mi nuevo destino. ¿Dónde me llevará? ¡Chi lo sa!











